Archivo de julio, 2010

Enemigos intimos y mujeres guerreras

No entiendo por qué dice la gente que no ve los programas de la llamada “tele basura” obviando el efecto terapéutico que ejercen sobre la sociedad. Con la cara pintada con los colores de “la Roja” y una especie de “matasuegras” en la mano, me comentaba alguien que lo de Belén Esteban no era serio y que jamás miraba esos programas televisivos. Pero tu te has visto? -aullé mientras observaba su lazo español atado en su frente de rebaño-. Vale, lo de la Esteban ya nos tiene un poco hartos a todos pero “Enemigos Intimos” es el programa al que, de manera inconsciente, todos querríamos ir. Y hablar, contar, machacar. “¿O no ho sabías? “No idó si” “si ja se veia venir”, etc,etc,etc.
La otra noche salí a cenar con mi amiga Silvia. Hablabamos de una pareja de amigos que había roto su relación sentimental y, sin querer, las dos dijimos al unísono: “¿Qué habrá pasado?”. Seguro que tú, el de la cara pintada con ceras bicolores, también te mueres por saberlo. Pero no, el de “la Roja” argumenta que eso es de mal gusto. Coño! Como la Carmen Lomana! De todos modos, en esta tierra nuestra, todo se sabe. O no. Me cuentan que una conocida esposa de un conocido mallorquín llegó llorando a una reunión de amigas. “Le he puesto un detective a mi marido. Me es infiel” y siguió moqueando entre abrazos. Cuando se recuperó de la hiperventilación, las amigas le comentaron “Reina meva, hace cuarenta años que todos sabemos que te es infiel. Por qué te gastas el dinero en tonterías? Haber preguntado a la gente” -y más sollozos, de nuevo-. Hay cosas que se saben y, si no, se presienten. Últimamente vemos a muchas señoras, que ya han cumplido los sesenta, acudir a fiestas veraniegas luciendo la pérdida de sus veinte kilos sobrantes de toda la vida y los ojos muy abiertos a causa de las jeringuillas inyectadas en su satisfecho rostro. “Es teu home deu estar babas en tu” “Chica, tu marido debe sentirse ahora tan enamorado como cuando os conocisteis”, le dicen las malvadas amigas. Y ellas, sin cortarse, lo sueltan: “Ese? Uy! ya no está para muchas fiestas! Toma!!!! Qué? ¿A que nos morimos por saber quien le alegra la menopausia? ¿A que si? Y no sería encantador que tuvieramos un programa de televisión local donde se narraran todos los detalles? Pues, en el amor como en la guerra, todo vale. Y yo quiero saber por qué aquellas hermanas que siempre paseaban juntas por las calles de Palma, tomadas del brazo, ahora se odian y maquinan venganzas. Si, si, siempre se dice lo mismo “per sa herencia”. O no. Si las nietas de Juanita Reina me lo cuentan, por qué no me lo contais vosotras? ¡Queremos que IB3 o TV de Mallorca nos conceda nuestro deseo!. Quiero que ese conocido que me contó una nueva tendencia de hogar muy femenina, se explaye ante Mallorca entera. Vale, lo cuento. Me dijo que ahora, muchos señores salen de cenas y “resopones” sin la abuela de sus nietos, madre amantísima de su hijos, porque ellas no ven bien la “vida frívola” de los que acuden a los “guateques”. Ellos salen de fiesta, solos, a exprimir sus últimos años de edad tercera sin dolores reumáticos. Las señoras, cuando ellos vuelven a casa, se levantan de la cama e impregan las sábanas de Agua Bendita”. -Se lo juro, me lo han contado varios señores de Palma-. ¿No es más interesante que saber que el marido de la nieta de Franco pasó la noche de bodas con una “madame” de prostíbulo?
Seguro que nos enteraríamos de la verdad de famosos rumores contados en la Plaza Santa Eulalia.
Volem llogar cadiretes!!!! Pasen y Vean.

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07 2010

Volví al lugar de los hechos

Los alumnos del CESAG, los chicos de Alberta Giménez, se graduaron la pasada semana en el transcurso de un acto cuya información tuve que cubrir para nuestra sabatina revista “Brisas”. El acto de graduación y entrega de diplomas tuvo lugar en el colegio Madre Alberta. Por vez primera a lo largo de toda mi vida, sentí deseos de llegar a ese lugar, de bajarme del coche ráuda y atravesar el umbral de la puerta de entrada. Todo estaba como antes. El pasillo central hacia las aulas me pareció tan largo y extenso como cuando no levantaba un palmo del suelo. El Sagrado Corazón, sobre el césped, me recordó una foto de grupo olvidada en cualquier cajón de la historia de mis dias. Avancé unos pasos. Allí estaban las aulas de Primaria y su visión me devolvía la sonrisa de la Madre Gregorio, una de las pocas monjas que era cariñosa con las niñas. Su gran panza las albergaba cómodamente en los momentos de aflicción. El patio estaba como siempre. La puerta de la “tienda de chucherias” de la Madre Pizá, cerrada. Me vino a la mente una imagen de patines antiguos rodando entre aquellas columnas. No pude entrar en la hermosa capilla donde hice la Primera Comunión pero, ante ella, recordé cuando bajaban las compañeras de clase junto a la Madre Payeras para “rezar por el padre de Planas” -hoy algo impensable-. Subí mas escalones y parecía que, de nuevo, iba creciendo en estatura, en experiencias vitales. Casi pude oir la voz de la señorita Gelabert cuando, comprensiva al verme llegar a un exámen con los ojos enrojecidos, no pasó por alto que había sido imposible estudiar en el transcurso de una noche fatídica en la que mi perro había fallecido. “Has sido muy sincera, lo tendré en cuenta”. Subía escalones sonriendo como una Alicia en el Pais de las Maravillas. Me reencontraba con el que fue “mi mundo” durante trece años de mi vida. Uff!! malos recuerdos me trajeron las escaleras del comedor, el patio de arriba y la sala en la que estudiabamos después de comer. Al final de la escalera, el edificio de “las mayores”. Recordé a mis queridos Bujosín, al profe de filosofía, a las hermanas Mora – profesoras de Historia, Literatura y Latín- y a las compañeras con las que finalicé el COU. Ví el baño donde, junto a Malena Melis, estudiabamos los últimos minutos antes del exámen, sentadas en el suelo. Había recorrido todos esos años, mentalmente, y no entendía mi fobia al colegio, mis negros recuerdos que volvían a mí, años después, asociados a aromas de goma de borrar o lápices y con la vision de nuestro uniforme. Casi corriendo, emocionada, me introducí en las aulas de actividades. Crucé la puerta con un escalofrío. La sala de ballet, donde dí mis primeros pasos de danza y donde aprendía a amar el arte, estaba como entonces. El vestuario conservaba el mismo mobiliario, la pizarra el borrador vetusto, las barras eran las misma. Nada había cambiado. Me senté a aspirar el olor de la madera con el ansia de retenerla para siempre. De repente oí un aullido. “Aquí no se puede entra!!!!”. Joder con la tia, se apagó la magia. “Hola Concha, estoy recordando mis clases de ballet con Juanjo y María Rosa”. Otra señora hubiese comentado “Buenos tiempos, Verdad?, disfruta del reencuentro”. De hecho, la directora del coro de la UIB, Concha Oliver, me conoce de toda la vida, me dió clase y ahora la veo con frecuencia en actos académicos con la misma cara de insatisfacción y hastío que tenía hace muchos años. “Me quedo aquí”, espeté. Puso su cara de muy mala leche y siguió con su “Gaudeamus Igitur”. Gracias Concha, la pasada semana comprendí por qué aquel lugar que fue mi casa durante los cruciales años de mi vida, se tornó en negativo recuerdo. Gente como tú te pasa la factura de sus propias insatisfacciones y frustraciones. Ahora, Concha, me debes tú una ronda.

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07 2010