Volví al lugar de los hechos
Los alumnos del CESAG, los chicos de Alberta Giménez, se graduaron la pasada semana en el transcurso de un acto cuya información tuve que cubrir para nuestra sabatina revista “Brisas”. El acto de graduación y entrega de diplomas tuvo lugar en el colegio Madre Alberta. Por vez primera a lo largo de toda mi vida, sentí deseos de llegar a ese lugar, de bajarme del coche ráuda y atravesar el umbral de la puerta de entrada. Todo estaba como antes. El pasillo central hacia las aulas me pareció tan largo y extenso como cuando no levantaba un palmo del suelo. El Sagrado Corazón, sobre el césped, me recordó una foto de grupo olvidada en cualquier cajón de la historia de mis dias. Avancé unos pasos. Allí estaban las aulas de Primaria y su visión me devolvía la sonrisa de la Madre Gregorio, una de las pocas monjas que era cariñosa con las niñas. Su gran panza las albergaba cómodamente en los momentos de aflicción. El patio estaba como siempre. La puerta de la “tienda de chucherias” de la Madre Pizá, cerrada. Me vino a la mente una imagen de patines antiguos rodando entre aquellas columnas. No pude entrar en la hermosa capilla donde hice la Primera Comunión pero, ante ella, recordé cuando bajaban las compañeras de clase junto a la Madre Payeras para “rezar por el padre de Planas” -hoy algo impensable-. Subí mas escalones y parecía que, de nuevo, iba creciendo en estatura, en experiencias vitales. Casi pude oir la voz de la señorita Gelabert cuando, comprensiva al verme llegar a un exámen con los ojos enrojecidos, no pasó por alto que había sido imposible estudiar en el transcurso de una noche fatídica en la que mi perro había fallecido. “Has sido muy sincera, lo tendré en cuenta”. Subía escalones sonriendo como una Alicia en el Pais de las Maravillas. Me reencontraba con el que fue “mi mundo” durante trece años de mi vida. Uff!! malos recuerdos me trajeron las escaleras del comedor, el patio de arriba y la sala en la que estudiabamos después de comer. Al final de la escalera, el edificio de “las mayores”. Recordé a mis queridos Bujosín, al profe de filosofía, a las hermanas Mora – profesoras de Historia, Literatura y Latín- y a las compañeras con las que finalicé el COU. Ví el baño donde, junto a Malena Melis, estudiabamos los últimos minutos antes del exámen, sentadas en el suelo. Había recorrido todos esos años, mentalmente, y no entendía mi fobia al colegio, mis negros recuerdos que volvían a mí, años después, asociados a aromas de goma de borrar o lápices y con la vision de nuestro uniforme. Casi corriendo, emocionada, me introducí en las aulas de actividades. Crucé la puerta con un escalofrío. La sala de ballet, donde dí mis primeros pasos de danza y donde aprendía a amar el arte, estaba como entonces. El vestuario conservaba el mismo mobiliario, la pizarra el borrador vetusto, las barras eran las misma. Nada había cambiado. Me senté a aspirar el olor de la madera con el ansia de retenerla para siempre. De repente oí un aullido. “Aquí no se puede entra!!!!”. Joder con la tia, se apagó la magia. “Hola Concha, estoy recordando mis clases de ballet con Juanjo y María Rosa”. Otra señora hubiese comentado “Buenos tiempos, Verdad?, disfruta del reencuentro”. De hecho, la directora del coro de la UIB, Concha Oliver, me conoce de toda la vida, me dió clase y ahora la veo con frecuencia en actos académicos con la misma cara de insatisfacción y hastío que tenía hace muchos años. “Me quedo aquí”, espeté. Puso su cara de muy mala leche y siguió con su “Gaudeamus Igitur”. Gracias Concha, la pasada semana comprendí por qué aquel lugar que fue mi casa durante los cruciales años de mi vida, se tornó en negativo recuerdo. Gente como tú te pasa la factura de sus propias insatisfacciones y frustraciones. Ahora, Concha, me debes tú una ronda.
