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La isla del snobismo

Que la fiesta no decaiga. No ha comenzado el verano y ya se respira otra brisa, otro aroma, una pátina especial propia de los tiempos de canícula estival. Las fiestas de las noches de verano asoman de manera incipiente y reveladora. Terrazas de locales de moda acogen las primeras fiestas de la temporada y dan la bienvenida a mujeres bellísimas, ya bronceadas y luciendo escote y muslo. Los hombres planchan de nuevo sus camisas de rayas veraniegas y huelen a colonias turbadoras, esencias de fragancias veraniegas con apellido. Se agradece. Por fin clausuramos un invierno de actos culturales anodinos, melancólicos, cercanos a los “setze jutges” de los años setenta, de los hippies a los que se les ha pasado el arroz y no saben donde situarse, de los premios de poesía herida, de los cantos a los muertos en batallas lejanas, de la Balanguera en eventos de bachilleres imberbes a los que se les compra el espíritu, y “Colcadas” diversas en el Teatre Principal, con poca luz, mucho hastío y aroma de requiebro pasado de moda. Recuerdo las palabras de Mariángeles Obrador, ex esposa del alcalde socialista Aguiló, en una entrevista que dió que hablar por su sinceridad. Puedo jurarles que los hermanos Obrador siempre dicen lo que piensan. Y dijo ella, en pleno mandato de su marido: “El glamour está en la derecha”. Lo dijo ella, no yo. Y sin embargo no eran aquellos tiempos como los de ahora, tiempos de “snobs” que simulan sentirse ultrajados en su honor y venden a su propia madre mientras aullan poemas en los que desaparece la lengua de sus antepasados, de su propia madre. Snobs porque reciben una suculenta transferencia bancaria por escribir poemas, novelas y canciones donde desaparece el “mumare” -así como suena- y se corrige con una “la mare”; donde ya no existe la preciosa palabra “horabaixa” y se sustituye por la castellana tarde que no nos emociona en absoluto. Snobs porque se han pasado el invierno llorando una lengua catalana en extinción, matando las palabras del catalán de Mallorca y cobrando por ello mientras sollozaban la venta de terrenos a los alemanes. Snobs los sepulcros blanqueados porque recogían su premio con camisas que el abuelo llevaba par arar -sus abuelos en las ocasiones propicias se “endiumenjaban”- y zapatillas raídas por el paso de su triste tiempo. El verano no es para ellos. Es tiempo de sol, de esperanzas, de fiesta. Ellos se quedan a llorar su descontento que no es más que el descontento de su propia esencia particular. Sus bolsillos llenos de subvenciones del gobierno de su tierra, les dará opotunidad de pasar un verano melancólico a solas, lejos de la algarabía terapéutica de las fiestas que nos ofrecen quienes miran hacia adelante sin extorsionar el alma, la lengua, la tierra; de quienes no se venden si no que compran un poquito de bienestar y ofrecen la imagen refrescante de una puesta de sol en una cala de “Sa nostra terra”.

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05 2010